Steienmeier: Rusia como socio para la seguridad y la estabilidad de Europa

17-dic-2008

Ministro de Exteriores Steinmeier ©Thomas Imo/photothek.net
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Ministro de Relaciones Exteriores Frank-Walter Steinmeier
(© Thomas Imo/photothek.net)

Extracto del discurso del Ministro de Relaciones Exteriores Frank-Walter Steinmeier ante la Fundación Schwarzkopf en el marco del ciclo "Discursos históricos para Europa", el 10 de diciembre de 2008 en Berlín.

 

[…]

Señoras y señores:

 

Una línea recta une la ostpolitik de Willy Brandt con la caída del Muro de Berlín y la superación de la división de Alemania y Europa.

 

Aquellos días, los días del gran viraje de 1989, fueron un tiempo de aliento y eclosión, un tiempo preñado de esperanza, en Alemania, en Europa y en el mundo.

 

A la superación de la división europea se unía la esperanza de conformar un nuevo orden mundial y alcanzar la meta de un orden de paz justo y duradero de Vancouver a Vladivostok, un orden de paz que abarcase a las democracias de Norteamérica, a Europa y a Rusia.

 

Esa expectativa se plasmó solemnemente en la Carta de París de 1990. La Carta hablaba de una nueva época de democracia, paz y unidad en Europa.

 

Desde aquel entonces se han alcanzado muchos logros: en el corazón de Europa ya no patrullan soldados de fronteras, ni hay simulaciones sobre el empleo de armas nucleares tácticas en la Fulda-Gap, y también el "Canal Negro" se ha esfumado de la pantalla.

 

Todos aquellos que hoy hablan a la ligera de una nueva Guerra Fría parecen olvidar todo lo que significaron concretamente el Muro y las alambradas, el antagonismo ideológico y el rearme nuclear.

 

Pero también es cierto que no hemos sido capaces de erradicar la guerra de Europa.

 

La paz todavía no está asegurada en nuestra vecindad europea. La guerra de Georgia ha puesto de manifiesto que la fuerza militar sigue utilizándose todavía como instrumento de la política en Europa. La desconfianza y las percepciones de amenaza han regresado con más intensidad de lo que nos podíamos imaginar.

 

Este retorno del viejo pensamiento contradice las lecciones de la dolorosa historia de Europa. Más aún, nos impide hacer lo que exige el momento actual: forjar un futuro común para una Europa de mayores dimensiones.

 

Los nuevos retos que se nos plantean en el ámbito de la seguridad no distinguen entre Este y Oeste. Exigen la actuación conjunta de los Estados Unidos de América y Canadá, de la Unión Europea y de sus vecinos orientales, inclusive Rusia.

 

Ante los retos del siglo XXI, como son el cambio climático, la crisis financiera y la lucha contra el terrorismo, el gran imperativo estratégico de nuestra época va a ser el diálogo, la concertación y el equilibrio de intereses.

 

En concreto, a mi juicio esto significa que necesitamos un orden de paz basado en un entendimiento sobre los intereses comunes, los valores comunes y la seguridad común.

 

Se trata nada más y nada menos que de articular una alianza de seguridad renovada para el siglo XXI, capaz de asegurar la paz de forma duradera. Ello no será posible sin la estrecha asociación transatlántica con los Estados Unidos de América y Canadá.

 

Ya en la temprana fecha de 1969 Willy Brandt subrayaba la necesidad de buscar el entendimiento con el Este en cooperación y coordinación con los socios occidentales.

 

Por eso es una buena señal que, en el discurso que pronunció en Berlín, Barack Obama exigiera superar las categorías de la Guerra Fría y constituir una asociación que abarque a todo el continente, incluida Rusia.

 

En efecto, sin el concurso de Rusia o, peor aún, en contra de Rusia no vamos a poder resolver ninguna de las acuciantes cuestiones que tenemos ante nosotros, desde la seguridad energética hasta la lucha contra el terrorismo, pasando por el control de armamentos.

 

Por eso lo digo muy abiertamente: por difícil que resulte a veces, necesitamos a Rusia como socio, no como adversario, para afrontar la responsabilidad compartida por la seguridad y la estabilidad de Europa.

 

Pero lo mismo vale a la inversa: Rusia nos necesita a nosotros. Sin Europa, Rusia no será capaz de superar el enorme desafío de su modernización.

 

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Misiles soviéticos SS20 radiados de servicio en 1989
(© dpa-picture alliance)

Por eso deberíamos prestar atención cuando, también aquí en Berlín, el Presidente ruso Medvédev manifiesta su interés por una nueva tentativa de seguridad paneuropea.

 

Independientemente de la forma que adopte finalmente una alianza de seguridad, en estos momentos ya se puede convenir en una cosa: antes de nada y ante todo exige confianza.

 

Confianza que hemos vuelto a perder en los últimos años.

 

Confianza que debemos restablecer a base de pasos concretos ahora.

 

Por eso propongo una agenda de fomento de la confianza para Europa con un perfil muy concreto:

 

Primero: necesitamos un relanzamiento del control de armamentos convencionales. No podemos consentir que el Tratado sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa y su sistema de fomento de confianza sigan erosionándose.

 

Antes bien, tenemos que ajustar el Tratado a las nuevas realidades surgidas en Europa tras el final de la Guerra Fría. A este propósito voy a invitar en breve a expertos de alto rango de los países afectados a asistir a una reunión en Alemania.

 

Segundo: necesitamos avances en el desarme y control de armamentos nucleares. La seguridad de Europa y del mundo en el siglo XXI no va a basarse en las armas del siglo pasado. Todo lo contrario.

 

En el Tratado sobre la No Proliferación las potencias nucleares se comprometieron a avanzar en el desarme nuclear. Deben cumplir su compromiso. Y son necesarios más pasos concretos. Lo prioritario es un acuerdo sobre un convenio de continuidad del Tratado START I, que expira el año próximo, y la entrada en vigor del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares.

 

Si los próceres de la política exterior y de seguridad de los Estados Unidos, Henry Kissinger, Sam Nunn, George Shultz y William Perry, invocan y proclaman la meta de un mundo desnuclearizado, nosotros deberíamos reafirmarles en su empeño con una respuesta europea. Esa respuesta europea no puede consistir únicamente en renunciar a las propias armas nucleares sino que también debe abordar la cuestión de cómo podemos conjurar los peligros que entraña la proliferación del uso civil de la energía nuclear.

 

A este respecto he presentado una propuesta concreta para la internacionalización del ciclo de combustible. El objetivo es que los países que tengan intención de utilizar la energía nuclear puedan acceder a la tecnología sin que ello suponga un riesgo de proliferación para todos nosotros.

 

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Tercero: urge también un nuevo comienzo en las relaciones entre la OTAN y Rusia. Por eso el Consejo OTAN-Rusia debería reunirse ahora lo antes posible, precisamente con las actuales condiciones de mar gruesa. Porque la diplomacia internacional no puede permitirse órganos que sólo son útiles para navegar con mar bonancible. Justamente en tiempos así deberíamos recurrir a la posibilidad del debate controvertido e incluso también de la controversia.

 

En el diálogo con Rusia deberíamos examinar sistemáticamente en qué puntos puede avanzarse conjuntamente. Estoy pensando por ejemplo en la contención de la delincuencia asociada a las drogas en Afganistán o en si también Rusia está interesada en sumarse a la lucha contra la piratería en el Cuerno de África.

 

¿Y no habría llegado el momento de iniciar seriamente un proyecto de defensa antimisil conjunta?

 

Los Estados Unidos de América, Europa y Rusia también tienen un interés común en prevenir los riesgos derivados de la proliferación de sistemas vectores de armas nucleares. Deberíamos plantearnos si no convendría en tal caso organizar una defensa común. Esta amenaza potencial debería unirnos, no dividirnos.

 

El Consejo OTAN-Rusia es el foro perfecto para empezar a dialogar sobre estos temas.

 

Cuarto: en la vecindad occidental directa de Rusia existe una aguda falta de confianza en la estabilidad del orden europeo.

 

En las mentes y corazones de la gente pervive la infausta historia del siglo XX, y con ella la imagen de una Rusia imperial, marcada, para la mayoría, por setenta años de pertenencia a la Unión Soviética.

 

La propia Rusia debería tener todo el interés en que sus vecinos se despojaran del sentimiento de amenaza.

 

Una contribución práctica a tal fin sería avanzar sustancialmente en la solución de los conflictos territoriales en Moldova, Nagorno-Karabaj y Georgia.

 

Ninguno de estos tres conflictos es susceptible de solución sin el concurso constructivo de Rusia.

 

Lo dicho vale sobre todo para Georgia. En ese país no podrá conseguirse la paz y la estabilidad si no ponemos en marcha un proceso político que reúna a todas las partes en torno a una mesa. Las conversaciones sobre Georgia en Ginebra son el marco apropiado a estos efectos; por eso deben llevarse adelante, también más allá de fin de año. Por eso sería positivo que Rusia no hiciera efectivo su anuncio de mantener esas conversaciones con nosotros sólo hasta finales de año.

 

Quinto: también la Unión Europea puede contribuir al fomento de la confianza intensificando su política de vecindad hacia el Este.

 

La semana pasada la Comisión Europea presentó propuestas concretas que apuntan en la dirección correcta: una "asociación oriental" con Ucrania, Moldova, los países del sur del Cáucaso y también Belarús si se mantiene la actual evolución positiva.

 

Apoyamos a la presidencia checa de la UE en su objetivo de adoptar ya en la próxima primavera acuerdos concretos a este propósito.

 

Pero no deberíamos estrechar demasiado el círculo. Necesitamos una iniciativa de amplio espectro para estabilizar el área del Mar Negro y el sur del Cáucaso.

 

Debería estar abierta a la participación de Rusia, Turquía y los organismos financieros internacionales, pero también a los países interesados de Asia Central y los Estados Unidos de América.

 

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También en este caso se trata de fortalecer la responsabilidad de la U.E. con relación a la seguridad en su vecindad oriental. El conflicto de Georgia ha evidenciado lo que puede dar de sí la U.E. y también ha puesto de manifiesto que la UE realmente no puede sustraerse a esta responsabilidad.

 

De no ser por la animosa intervención de la presidencia francesa no se habría logrado hacer callar las armas en Georgia al cabo de tan sólo unos días ni mitigar el sufrimiento de la población.

 

Un nuevo comienzo en el desarme y control de armamentos convencionales y nucleares, la reactivación y reorientación del Consejo OTAN-Rusia, el fomento de la confianza en nuestra vecindad común, todos estos puntos son "essentials" de una agenda de fomento de la confianza en Europa.

 

Abordarla con determinación es una de las principales tareas políticas para el año 2009.

 

Porque sólo si conseguimos invertir paso a paso la espiral negativa de la desconfianza y la falta de comunicación podremos hacer realidad, en un segundo paso, la gran visión de una alianza de seguridad para el siglo XXI.

 

El corolario de este proceso podría ser un documento vinculante que reflejara nuestra percepción común de la seguridad europea. Estoy pensando en una nueva Carta que dé continuidad a la Carta de París de 1990 con una agenda renovada. Todos los Estados, desde Vancouver hasta Vladivostok, deberían tener la posibilidad de participar en su elaboración.

 

La Carta de París tuvo en mente ante todo las amenazas de seguridad clásicas. Desde entonces han aparecido nuevas amenazas: el crimen organizado y la migración ilegal, el terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva, el cambio climático y la escasez de recursos.

 

En consecuencia, una nueva Carta debería asentarse en un concepto de seguridad común más amplio y puesto al día.

 

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Eso no significa que debamos renunciar a los principios y fundamentos de la CSCE [Comisión sobre Seguridad y Cooperación en Europa] y la OSCE [Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa]. Antes al contrario: el respeto de los derechos humanos, la democracia y el Estado de Derecho, el respeto de la integridad territorial, la renuncia a la amenaza y al uso de la fuerza, la seguridad igual e indivisa para todos y la libertad de alianza son todos ellos elementos irrenunciables para una convivencia pacífica en la casa común europea.

 

La nueva Carta debería asimismo basarse en las instituciones existentes. La U.E., la OSCE y la OTAN siguen siendo determinantes para la estabilidad de nuestro continente. Pero deberíamos armarnos del valor necesario para extender el planteamiento del sistema de seguridad europea y ampliarlo, incluida la OTAN.

 

En el año 1967 el denominado Informe Harmel marcó un cambio de paradigmas en la estrategia de la alianza atlántica. Señaló como objetivo político supremo de la alianza la existencia de un orden de paz justo y duradero para toda Europa.

 

Y definió una nueva estrategia para alcanzar esa meta, consistente en dejar atrás la seguridad a través de la disuasión militar y dirigirse hacia una doble estrategia de seguridad a través de la capacidad defensiva y la política de distensión.

 

Yo afirmo que hoy en día necesitamos un concepto de alcance similar e innovador para el futuro de la Alianza en el siglo XXI, una suerte de nuevo informe Harmel.

 

Un tal concepto debería ofrecer una respuesta convincente a las acuciantes preguntas que plantea el futuro de la Alianza. Entre las mismas figura también la cuestión de cómo configurar una alianza de seguridad con Rusia dentro del espacio desde Vancouver a Vladivostok y, en caso necesario, más allá.

 

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Willy Brandt (Partido Socialdemócrata) jura después de su reelección como primer ministro 14 dic. 1972 ante la Presidenta del Bundestag, Annemarie Renger, en Bonn.
(© dpa-Report)

"La política de paz es una labor sobria", dijo Willy Brandt en Oslo. Eso es indudable. Pero la recompensa es formidable. Necesitamos la paz como condición previa para superar las grandes tareas de la humanidad.

 

Willy Brandt tenía razón: "La paz no lo es todo, pero sin paz todo es nada".

 

Practicar una política de paz en el contexto de los retos globales significaba en el año 1971 lo mismo que hoy: defender una política que conjuga los objetivos estratégicos con el sentido de lo posible.

 

El pensamiento de Willy Brandt no ha perdido un ápice de actualidad. "Nada llega solo y muy pocas cosas perduran", dijo. Tampoco la paz, aunque al cabo de diez lustros de U.E. la demos por descontada. Entendámoslo como mandato, sobre todo también de la generación joven.

Nota: Willy Brandt, socialdemócrata, fue Canciller de Alemania occidental 1969-74. Fue el arquitecto de la ostpolitik (política para el este) que buscó mejorar las relaciones con Alemania oriental, Polonia y la Unión Soviética. Obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1971.